sábado, 3 de noviembre de 2012

Isaías Peña Gutiérrez / Entreletras y entresoles

A propósito de los orígenes de Entreletras (fundada el 4 de abril de 1981 en Villavicencio, Colombia), el maestro Isaías Peña Gutiérrez escribió -el año pasado, en la celebración de los treinta años de la Corporación- este texto. (Fotos: Constantino Castelblanco y archivo particular). 


             De pronto, se cumplieron los primeros 30 años de ver salir el sol con los viejos y con los nuevos amigos. Y nadie se dio cuenta del transcurrir de los años porque, como en Luvina, el tiempo se pareció a la eternidad y nadie contó ni las entradas, ni las salidas del sol. Simplemente, éramos como soles: así lo dijo el poeta que hace 20 años regresó a la tercera orilla del horizonte, a reunirse con todos los sabios que desde Yurupary entran por la llanura hasta el oriente, se encuentran con la luz redonda, y con sus mujeres entonan la música prohibida.

Algunos de los primeros entreletros. De izquierda a derecha: Agustín Murcia,
Julio Daniel Chaparro, Francisco Piratoba, Clara López, Armando Carrillo, Andrés Romero Baltodano,
Manuel Acosta y Jaime Fernández Molano.
              Tal vez, por eso me han pedido que cuente, de nuevo, que a principios de la década del 80, cuando ya habían pasado el rock’and roll y la primera salsa, cuando ya habían muerto el Che y Camilo y sus huesos se habían convertido en palmeras gigantescas, cuando aún no habían muerto, sin el premio Nobel, algunos de nuestros profetas mayores, como Juan Rulfo, Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, un grupo de muchachos –y otros que lo eran de espíritu- se reunieron en la capital del Meta con el fin de convenir secretos y no pasajeros proyectos culturales. Allí estuvieron: Jaime Fernández, Carlos Augusto Gil, Manuel Acosta, Silvia Aponte, Francisco Piratoba, Vicente Casadiego, Melco Fernández, Julio Daniel Chaparro, Wilson Ladino Orjuela, y otros que pronto se sumaron sin dudarlo, como el pintor Rafael Campos Anaya, el sociólogo y fotógrafo Constantino Castelblanco, Miguel Ángel Galvis, Martha Lucía Montañés, Diego Zabala, Nubia Suárez, Andrés Romero, Agustín Murcia, el maestro Isaac Tacha. En las siguientes décadas apoyaron y se sumaron al proceso cultural del Grupo Cultural Entreletras, hoy transformado en la Corporación Cultural Entreletras, convertida así en la más antigua y visible organización cultural del país, otros intelectuales, entre otros, el historiador, filósofo y escritor Henry Benjumea Yepes, director de los talleres de Entreletras hasta 2010, la poeta Olga Malaver, Nayib Camacho –nuevo director de los talleres-, la historiadora Nancy Espinel, los pintores Óscar Aponte y Luis Miguel Ortiz, los músicos Luis Guillermo Córdoba, Clarita Sánchez y Carlos Flórez. Y a ellos, hoy se suman los escritores egresados o generados a partir del remezón provocado desde entonces, me refiero a nombres como Jorge Omar Hurtado, Paloma Bahamón, Mario Hernández, Eduardo Espinel, Angélica María Guerrero, José Gregorio Villamil y Apolinar Beltrán.

Primeras conferencias en el Banco de la República.
Jaime Fernández Molano, Isaías Peña Gutiérrez y Julio Daniel Chaparro.
            Del Llano sabíamos, a comienzos del 80, que por allí comenzaba siempre el día del país, que desde allá nos mandaban las reses para quienes vivíamos en la capital, o que el paisaje de la llanura eterna había entusiasmado, incluso, a José Eustasio Rivera para escribir la mejor novela colombiana de todos los tiempos. Y ahora comenzaban a llegar noticias preocupantes: ese grupo de muchachos, sin linderos ideológicos excluyentes, sin banderas sectarias, sin patrimonios políticos mal habidos, sin preocupaciones proselitistas, le proponían a los Llanos Orientales –y lo más grave-, al país entero, que ellos también pertenecían a una cultura colombiana que ellos habían ayudado a fundar desde el siglo pasado.
           La posición, desde entonces, no fue fácil. Alejarse del monopolio partidista, tradicional o revolucionario, como nos había sucedido hasta la década del 80, significaba algo así como plegarse a la línea más fácil del momento; y se podía correr el riesgo de la apatía política generada por un cuarto de siglo de Frente Nacional. Pero entenderlo, fue anticiparse a la gran revolución de finales de siglo, donde la pluralidad de criterios y de sistemas parecen regir el pensamiento político.

Academia, poesía y rumba. Después de un recital, celebrando. De izquierda a derecha, entre otros,
Manuel Acosta, Alex Machado, Henry López, José Vicente Casadiego (de pie, botella en mano) ,
Melco Fernández, Julio Daniel Chaparro, Julio Ardila, Héctor Julio Chaparro, Mario Eduardo Rey,
Alicia Acuña, Piedad Díaz y Jaime Fernández Molano. 
         Lo cual no alteró en ningún momento la naturaleza reivindicativa del grupo, ni sus sentimientos de solidaridad con una cultura y un pueblo tan ricos como olvidados en el contexto nacional de aquella época. Y fue tan cierto esto que, con los años, sus publicaciones y sus actividades en defensa de la región, de las etnias aborígenes, de la riqueza ecológica, de la abundancia folclórica y literaria, revertió de manera admirable. Fue el tizón que sublevó las llamas, que llegó a las dependencias del Banco de la República, de la Casa de la Cultura Jorge Eliécer Gaitán, incluso de la Universidad de los Llanos.

Recital en la Casa de la Cultura de Villaviencio. De izquierda a derecha: Andrés Romero Baltodano, Agustín Murcia, Jaime Fernández Molano, Julio Daniel Chaparro, Armando Carrillo y Silvia Aponte.
            Pero, además de su extraordinaria pluralidad ideológica y de la defensa de la región en toda su extensión, Entreletras encarnaba otra propuesta novedosa y de cuidadoso manejo. No se trataba de volver a la defensa ingenua de la parroquia; no se trataba de enfrascarse en los regionalismos de siempre, ni de cederle terreno a la mediocridad que anida en el chauvinismo. Y mucho menos de llegar al populismo que se atrinchera en el aislamiento y en la defensa a ultranza de lo popular. Porque no se trataba de retratar con ojos cansados el sol del paisaje llanero. No. Ahora ellos querían coger el sol con las manos, porque ellos mismos, al decir del poeta que hoy recordamos -después de 20 años de la infamia impune-, eran como soles. Se trataba, en cambio, de abandonar los complejos frente a la capital, frente a esa ciudad que, por entonces, a tres horas de mala carretera, siempre se había alimentado del Llano y jamás le había dado la mano, quizás porque nunca se la habían pedido. Eso pidieron, entonces, los muchachos. Se bajaron del caballo mientras entraban a la modernidad; pero no olvidaron los relinchos que en el alma sientan cátedra de esbeltez y dignidad. Por eso, pronto se integraron al país, e integraron el país al Llano.

Entreletras en imprenta. Jaime Fernández Molano y
Julio Daniel Chaparro, pendientes de la edición de
la revista, en el taller de editorial Cervantes.
            Esto se demuestra repasando uno de sus diversos medios de expresión, creado y sostenido durante una década dura para la cultura colombiana, en la que los suplementos literarios del país se olvidaron de la poesía y de la literatura en general. Me refiero a la revista Entreletras.
            Sin mendigarle al Estado, sin alejarse del Estado, con una actitud de inmenso respeto individual, les pidieron a las entidades públicas y privadas el apoyo necesario. Y creando conciencia en las distintas dependencias o instituciones administrativas de Villavicencio, vinculables a la cultura, el grupo de “entreletros”, como cariñosamente se les llegó a decir, removió los cimientos literarios y artísticos de una zona del país que había permanecido largas décadas inane y casi ausente del desarrollo cultural del país. Muchas puertas se abrieron; muchas ventanas se cerraron. Pero ellos siguieron creciendo mientras aprendían a abrir puertas y ventanas.
El maestro Luis Vidales (centro), en un evento de
Entreletras, acompañado por Pedro Nel Jiménez Restrepo
y Manuel Acosta.
            En tres décadas –quién iba a creer que sol durara tanto- el balance es satisfactorio e, inmensamente, significativo. Y no pienso que esto equivalga a un parte de victoria, porque no se trata de una velada en el circo romano o en alguna de las pequeñas guerras inventadas por el imperio desde entonces. Sólo que Entreletras, a veces con apoyo público o privado, o con las uñas mismas, llevaron el país al Llano y muchos de ellos remontaron la cordillera para reconquistar el país. Cuando las giras del programa de “Un país que sueña”, ellos se tomaron varias ciudades para ellos remotas; y, ¿cuántos, entonces, no visitamos aquella hermosa cabecera del Llano que es Villavicencio?

Lectura en quinto aniversario de Entreletras. De izquierda a derecha: Behur Sánchez, Julio Daniel Chaparro,
Triunfo Arciniegas y Jaime Fernández Molano (abril de 1986).
            Aquella revista, homónima del grupo Entreletras, nació el 4 de abril de 1981. Y principió con el título de Taller Literario Entreletras. Es que si por algo recordaremos la década del 80, aún para los incrédulos de aquellos años, es porque desde entonces el país cultural, por fin, permitió la creación y desarrollo de los talleres literarios. Dejaron de ser un mito para convertirse en un instrumento de apoyo literario. Y, sobre todo, de aglutinante o catalizador literario. El peso sectario y ciego de la década del 70, que le endilgó a los talleres motes o propiedades políticas partidistas, retrasó el ingreso de los mismos en la juventud colombiana. Hasta en eso, Entreletras superó y se plegó al futuro con mayor fortuna que otras ciudades colombianas. Su grupo trabajó en los primeros años como un taller, y su revista se convirtió –como en ningún otro caso- en el instrumento esencial del mismo. Con la advertencia de que en el caso de Entreletras, sirvió no sólo a sus integrantes, sino al país entero.


Juan Manuel Roca en recital con Julio Daniel Chaparro y Jaime Fernández.
Banco de la República de Villavicencio
En sus páginas –decorosas, sencillas, mecanografiadas en sus primeros tres números y luego impresas en adelante hasta el crecido y elegante número 18/19 de 1989-, aparecieron las primeras producciones de jóvenes escritores, como las de sus fundadores ya citados, más las de otros, como Julio Daniel Chaparro, Norma Estupiñán, Ernesto Orjuela, Nancy Ángel Devia, Isaac Ortizar, Francisco Piratoba, Andrés Romero, Germán Rodríguez, Julio Ardila, Alberto Lozano Pinzón, Armando Carrillo; pero, también, ocuparon sus páginas escritores colombianos como Luis Vidales, Jaime Mejía Duque, Manuel Zapata Olivella, José Luis Díaz Granados, Eutiquio Leal, Germán Pardo García, Amparo Inés Osorio, Álvaro Miranda, Rafael del Castillo, Armando Rodríguez Ballesteros. Fundamentales fueron las entrevistas que Jaime Fernández, cofundador y luego director indispensable del proyecto, publicó con grandes personajes de la cultura colombiana. No hay dudas de que la mejor entrevista realizada con Daniel Samper Pizano se la debemos a Jaime Fernández, y como esa tenemos las de Germán Espinosa, Manuel Zapata Olivella, Jaime Santos, Álvaro Salom Becerra e Isaac Tacha. De otro lado, la carátula de Entreletras representó, en esos 10 años, el arte nacional y regional. En ella participaron artistas como Olivia Miranda, Benhur Sánchez, el desaparecido Rafael Campos Anaya, nuestro internacional caricaturista Naide, Andino Abril, el maestro Manuel Acosta, y el consagrado fotógrafo del llano, Constantino Castelblanco.


Los del taller . Grupo de alumnos del taller de escritores de la Corporación. En la foto, entre otros, (de pie): Jaime Fernández Molano (director taller niños), Paloma Bahamón, Henry Benjumea Yepes (director taller jóvenes), Doris Gallego, José Vicente Casadiego, Enrique Torres, Jorge Edilberto López, Ernesto Orjuela - Guarataro, Freddy Mateus, Constantino Castelblanco y Angélica María Guerrero. (Sentados): Guillermo Linero Montes (director taller adultos) y la niña Nicole Fernández, entre otros. (Escuela Normal Nacional, sede del taller, Villavicencio, 2001.
           Entreletras, como revista, en fin, no solo superó la barrera del número 1 al 5, límite en el que casi siempre perecen las revistas colombianas (porque ella nació cuando aparecían, por ejemplo, Escarabajo en Barranquilla, Punto Seguido en Medellín, Gato Encerrado en Bogotá, Termita en Armenia, Luna de arena en Ibagué, Zumo-Sumo en Bogotá, y de las cuales solo sobrevivieron Puesto de Combate, dirigida por Milcíades Arévalo, en Bogotá y El Túnel, bajo la dirección de José Luis Garcés González, en Montería), sino que convocó y llevó a cabo con éxito concursos, como el de poesía y cuento de 1982, ganados, respectivamente, por José Luis Díaz Granados y Juan Carlos Moyano; que en el no.12, de abril de 1983, incluyó con increíble intuición, pues aún no llegaba a la inmensa difusión de hoy, 30 años después, una muestra de cuento corto colombiano con los siguientes nombres: Evelio José Rosero, Luis Darío Bernal Pinilla, Eutiquio Leal, Luis Páez Barraza, Juan Carlos Moyano, Harold Kremer y Henry Canizales; que ha sostenido la defensa de las etnias aborígenes en ensayos de fondo como el de Helena Pradilla y Francisco Salazar en los últimos números.

Acto en homenaje a Julio Ardila y Héctor Julio Chaparro. De izquierda a derecha :
Jaime Fernández Molano, Julio Ardila, Miguel Ángel Galvis, Héctor Julio Chaparro y Julio Daniel Chaparro.
           Es en Entreletras (dispénsenme el tono de tristeza con que lo digo, pero si por algo me he caracterizado es por creer y apoyar en vida, y no después de muertos, a los jóvenes que nacen a la literatura y al arte), repito, es en la revista Entreletras, donde, quienes sólo con su desaparición física descubrieron al inmenso poeta Julio Daniel Chaparro, tienen que rastrear el camino literario que en diez años recorrió de manera acelerada –porque nadie como él previó la muerte.
            A la postre, el grupo Entreletras sobrepasó las finalidades de un taller literario y se convirtió en un generador de ideas y de prácticas culturales que cundieron en el Meta y se expandieron al país.
Por eso, en 1984, inauguraron un proyecto editorial que sacó adelante la primera novela de Evelio José Rosero, Mateo solo, hoy, 30 años después, convertida en una publicación premonitoria de sus éxitos internacionales en México, España e Inglaterra, y el primer libro de poemas de Julio Daniel Chaparro, …Y éramos como soles. Un fondo editorial que hoy, 30 años después, supera, en muchos casos, a otros fondos editoriales, universitarios o institucionales, que fracasaron o permanecen con muy baja producción. Basta saber que hasta el momento han aparecido más de medio centenar de títulos que cubren distintos géneros literarios y de las ciencias sociales, que le dieron luz verde a autores de la región, como paso inicial de su ingreso a las letras nacionales. Con sólo haber llegado a esta meta, ya Entreletras es digna del reconocimiento y del saludo entusiasta del país entero. 

Evento en el Banco de la República de Villavicencio. De izquierda a derecha: Julio Daniel Chaparro, Miguel Ángel Galvis, Jaime Fernández Molano y Guillermo Martínez González. (abril de 1986).


También, manejaron programas radiales como “Ateneo”, “Fin de semana” o “Viernes cultural”, en Villavicencio, con una incidencia cultural protuberante. Realizaron dos sono-visos de alta calidad artística, primero, “El Llano, visión poética de nuestra tierra”, con textos y voz de Julio Daniel, fotografía de Constantino Castelblanco, música del genio del cuatro, Isaac Tacha –quien hizo llorar a Borges-, y otros compositores llaneros, y luego, “Campos Anaya, un sueño atormentado”, en homenaje al pintor que pronto se había ido.


En el año 2000 en una de tantas celebraciones. En la foto, los entreletros acompañados de otros gestores y artistas. Atrás, de izquierda a derecha: Doris Gallego, Martha Lucía Montañés, Julio Ardila, Nicole Fernández, Yamile Cepeda, Miguel Roa, Isaac Tacha y Gladier Charry de García.  Adelante, de izquierda a derecha, entre otros: Jaime Fernández Molano, Óscar Aponte, Wenseslao Suescún, Jorge Sánchez, José Vicente Casadiego y Nancy Moreno.

La labor de la hoy Corporación Cultural Entreletras no puede resumirse en tan pocas cuartillas, porque sus integrantes, con su incansable poeta y narrador, Jaime Fernández, a la cabeza, han sido el motor de la cultura en el Meta y Colombia. Encuentros, congresos, festivales, concursos, celebraciones folclóricas, seminarios, talleres, conciertos, foros, presentaciones musicales, exposiciones, regionales, nacionales o internacionales, que exigieron la reciprocidad entre la región y la nación colombianas, con enriquecimientos para ambas partes, son el mejor testimonio de estos 30 años de goce cultural. Entreletras siempre ha estado presente en la Feria Internacional del Libro de Bogotá y fue cofundadora de la Red Nacional de Talleres, con sede en Bogotá.
            Como lo dije hace 20 años, no caben tantas lunas en la garganta, ni tantos soles en el pecho. La luz todavía es nuestra, y Entreletras y entreletros y entresoles, con la alegría de nuestros muertos, y con la música que viene del oriente, seguiremos pecando.

(Bogotá, 28 de abril de 2011)

Primer año sin Julio Daniel. En el primer aniversario del asesinato de Julio Daniel Chaparro (abril 24 de 1992), el combo de Entreletras recibió la visita de sus escritores amigos de diversas ciudades del país. La foto fue tomada (por Constantino Castelblanco) en el cementerio, al lado de la tumba del poeta y de su árbol ávido. De izquierda a derecha  (entre otros)de pie, Héctor Julio Chaparro (padre de Julio Daniel), Armando Rodríguez Ballesteros, Rolando Chaparro, Mauricio Contreras, Antonio Silvera y Jaime Fernández Molano. Sentados: Guillermo Linero Montes, Evelio Rosero Diago, Nubia Cubillos y Rafael Del castillo Matamoros.



4 comentarios:

  1. Epocas de juventud, enmarcadas en la cultura y la amistad. Que bello recuerdo. La gran mayoría fueron mis clientes en La Taberna y Pizzería Marandua, encuentro de tertulias.Recuerdo el humor de Héctor Julio Chaparro y Julio Daniel en compañía de mis grandes amigos Eddy Rojas y Mario Eduardo Rey (el hombre de los boleros)

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  2. Tanta cosecha no puede haber sido en vano; que sobre el llano de entreletras se recave, para encontrar las semillas que germinen nuevamente en medio de la hambruna de letras que tiene nuestro horizonte; el terreno está abonado y muchos estamos esperando esos vientos que soplen sobre la llama de nuestro acervo, para iluminar las nuevas posibilidades de las letras llaneras.

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  3. magistral reseña de un grupo de quijotes que desde la llanura se revolucionaron a su época, que creyeron que si era posible lo imposible y lo intentaron. yo siempre fui un entusiasta seguidor de sus iniciativas y difusor de sus éxitos, aunque en tanta diversidad cultural e intelectual, nunca faltaron quienes formaron toldo aparte como Rogelio Gómez y la revista Oriente, que fue la "SEMANA" de éste llano. Se alimentaron por integrantes de Entreletras, otras iniciativas, otras opciones como revista Trocha, proyectos de teatro y Cine club, como el de Henry Romero Chivata y Wenceslao Suescun, quiérase o no, hasta las divergencias y las competencias que le nacieron al grupo hacian parte de la misma dinámica cultural que removió opinión, llegó a Unillanos, provocó un revolcón de conceptos, y quienes veniamos de otros escenarios culturales como la La Universidad Nacional en mi caso, o de Universidad de Antioquia, Nayib Camacho, vimos con buenos ojos... y recuerden tambien que los integrantes de Entreletras en pleno jalonados por la Colonia llanera de la Unal, hicimos un exitoso encuentro cultural en la Unal de Bogota, que abarcó musica, baile, fotografia, pintura, caricatura, literatura, feria del libro, recitales y la tradicional tertulia que termino en casa de Julio Daniel Chaparro que para entonces ya vivia en Bogota...bellos y nostalgicos recuerdos un abrazo para todos..Mauricio Torres maldonado "Mauto".
    PD. Jaime hay que hacer una crónica, donde se cuenten las anecdotas del grupo, como la carrera que les pegaron con Miguel Angel Galvis, de Unillanos etc...

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  4. La primera sensación personal que me provoca Entreletras, es admiración y seducción. Es mi primer contacto con el Llano del pensamiento, del sentimiento, del arte, la belleza, la crítica, la búsqueda, pasión, amor y todo aquello que nos impulsa a vivir, muriendo y renaciendo.
    Sí, y no fue precisamente en el Llano, ni en Colombia; fue en el paisaje de Caracas que conocí, gracias a Martha Lucía Montañes Madero, a muchos amigos que van a existir por siempre gracias a universalizar esa sensación tan única de la magia llanera que se queda gravada a fuego entre nuestras venas ayudando a nuestro corazón cada día a latir agradecido por la oportunidad de haber experimentado como un observador privilegiado esa maravillosa ruta de Entreletras.

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